miércoles, 19 de octubre de 2011

Sentido cristiano de la muerte y el sufrimiento

José Antonio Pagola

Jesucristo: Catequesis Cristológicas (C.5)

     La muerte de Jesús en la cruz no es un acontecimiento aislado y separado de su vida. Es el gesto que resume y en donde culmina toda su vida. Es “terminar de morir”. Jesús ha ido muriendo para el Padre y por los hombres día tras día, “desviviéndose” por hacer la voluntad de su Padre y por liberar a sus hermanos. Por eso, desde el seguimiento al crucificado vamos los cristianos dando sentido al sufrimiento de cada día y a la muerte.

La muerte cristiana

     La muerte, sin perder su carácter trágico, ha cambiado de signo para el creyente. La muerte ya no es el final de todo. El cristiano no muere para quedar muerto sino para resucitar. La muerte ya no tiene la última palabra.

     El cristiano afronta la muerte y la asume libremente como un acontecimiento que puede ser vivido en comunión con Cristo muerto y resucitado y en la misma actitud que El adoptó.

     El cristiano, más que prepararse para una buena muerte, debe aprender a “morir bien” en cada momento. Es decir, viviendo la vida diaria como Jesús, “desviviéndose” por la construcción del Reino de Dios y su justicia. Desde aquí el Bautismo cobra un sentido nuevo como el gesto sacramental en el que nos comprometemos a vivir la vida “muriendo en Cristo”, y la Eucaristía nos va ayudando a asimilar el morir de Jesús para participar también un día de su resurrección.

     Los cristianos vemos desde Cristo con una esperanza nueva no solo nuestra muerte sino también la muerte de los demás, las muertes grandes y las pequeñas, las muertes valientes y las cobardes, las muertes significativas y las ridículas. Desde esta misma esperanza aprendemos a afrontar con otro sentido el envejecimiento y la muerte de las culturas, de las ideas, de la creación entera. Todo lo que vive, camina de alguna manera hacia la muerte. Pero Cristo ha vencido a la muerte.

Sentido cristiano del sufrimiento

     Seguir a Jesús es seguir a Alguien que ha terminado ejecutado por los hombres. Ser fiel a Alguien que ha sido perseguido y condenado por el escándalo provocado con su mensaje y su actuación.

     Seguir al Crucificado no es buscar y amar el sufrimiento. Jesús no lo ha amado ni para él ni para los demás. Seguir al Crucificado es proseguir su obra, construir el Reinado de Dios, defender la causa del hombre, ofrecer gratuitamente el perdón, servir al hermano y saber que esta actuación nos traerá sufrimiento.

     El creyente, pues, no ama el sufrimiento, pero tampoco evade el problema del mal de manera ligera y superficial. El cristiano toma en serio la inseguridad, el sufrimiento, la soledad, la alienación, el dolor, el lado oscuro y negativo de la vida. Pero con Cristo y desde Cristo descubre que también ahí puede haber salvación y liberación. Desde Cristo trata de descubrir cuál es la manera más humana y liberadora de asumir y vivir el sufrimiento propio y ajeno.

     El creer en el Crucificado no suprime el mal. El mal continúa siendo algo malo e inhumano, pero se puede convertir en el lugar más eficaz, realista y convincente de vivir la fe en el Padre y la solidaridad con los hombres. Por eso el cristiano cree no solo en la acción sino también en la pasión. Desde su fe cristiana va descubriendo que incluso el sufrimiento puede ser liberador cuando se vive con el espíritu del Crucificado.

     La cruz nos purifica y libera, pues es lo que más directamente se opone a la esclavitud del pecado. Pecar es buscar egoístamente nuestra propia felicidad rompiendo con Dios y con los hombres. Vivir la cruz como Jesús, es, precisamente, todo lo contrario: buscar la fidelidad a Dios y al servicio a los hombres, incluso en la ausencia de felicidad.

     Quizá sea necesario descubrir de manera concreta nuevas posibilidades de seguir hoy al Crucificado, v.gr.: preferir sufrir injustamente antes que colaborar con la injusticia; saber sufrir el mal antes de hacer el mal; compartir el sufrimiento de los injustamente maltratados; aceptar la inseguridad y los riesgos propios de una vida consecuente con la fe cristiana; aceptar las consecuencias dolorosas de una defensa clara y firme de la justicia, la verdad y la libertad; aceptar la inseguridad, la falta de poder y la debilidad del que quiere actuar con honradez humana y sencillez evangélica; saber comprender el valor de una vida austera y equilibrada en medio de nuestra sociedad de consumo y bienestar.

Para continuar el estudio de la muerte de Jesús

1. Lectura

     Estudiar los relatos evangélicos de la pasión de Jesús, tratando de descubrir la enseñanza de los evangelistas (Mt 26-27; Mc 14-15; Lc 22-23; Jn 18-19).

2. Preguntas para una reflexión

- ¿Qué significado puede tener todavía hoy la cruz de Cristo en nuestra sociedad?

- ¿Cuál te parece la actitud más humana ante el sufrimiento y la muerte? ¿Por qué?

- ¿Qué puede significar hoy concretamente para ti el tomar la cruz de Cristo cada día?

3. Bibliografía

- H. COUSIN, Los textos evangélicos de la pasión. (Estella, 1981). Ed. Verbo Divino. Sugestivo estudio sobre los relatos de la crucifixión, la muerte de Jesús y el sepulcro abierto.

- X. LEON-DUFOUR, Jesús y Pablo ante la muerte. (Madrid, 1982). Ed. Cristiandad. En la primera parte de la obra se nos ofrece un estudio lleno de interés sobre la postura de Jesús ante su muerte inminente y su actuación en la cruz.

- L. BOFF, Pasión de Cristo. Pasión del mundo. (Santander, 1981). Ed. Sal Terrae. Interesante obra donde se nos ofrece un buen resumen sobre la muerte violenta de Jesús, las interpretaciones de esa muerte en las primeras comunidades cristianas y el desarrollo posterior de la teología de la redención.