domingo, 23 de septiembre de 2012

Cuando el Señor habla al corazón (13)

 
13. QUE MI PAZ Y MI ALEGRÍA ESTÉN EN TI
Quédate en paz. Guarda tu alma serena hasta en medio de los disturbios actuales, de las sorpresas, de los acontecimientos.
Recibe con tranquilidad mi mensaje a través de esos enviados cuyas maneras son a veces algo toscas y brutales.
Esfuérzate por descifrar mis requiebros a través de esos grafitos garrapateados.
¿No es su contenido lo esencial? Pues su contenido es siempre: “Hijo mío, Yo te quiero”.
Ten confianza y quédate en paz por tu pasado tantas veces purificado. Cree en mi misericordia.
Ten confianza y quédate en paz por el presente. ¿No caes en la cuenta de que yo estoy ahí, cerca de ti, en ti y contigo? ¿De que yo te guío, de que yo te conduzco y de que, aun cuando en tu vida actual hay momentos dramáticos entrecortados por tantas horas de sosiego, yo nunca te abandono, yo siempre estoy ahí con mis intervenciones oportunas?
Ten confianza y quédate en paz por el porvenir. Sí, el fin de tu vida será dinámico, sereno y fecundo. Yo quiero servirme de ti aun cuando tú receles tu inutilidad.
Yo pasaré por ti, como me guste, de preferencia cuando tú no te des cuenta.
Saca la alegría de mí. Aspírala para que te inunde más y puedas mejor suministrarla en torno a ti.
No olvides mi directriz “SERENIDAD” . Sí, esa serenidad hecha de esperanza, de confianza en mí, de entrega incondicional a mi Providencia
Participa en la alegría del cielo y en la alegría de tu Señor. Nada te impide que comulgues con ella y que la compartas con Él.
Olvídate y piensa de preferencia en la alegría de los demás, tanto en la tierra como en el cielo.
No es necesario ser rico ni gozar de buena salud para ser feliz. La alegría es un don de mi corazón que yo otorgo a los que dilatan el suyo, viviendo para los demás – pues la alegría egoísta no tiene duración. Sólo persiste la alegría del don. Es lo que caracteriza la alegría de los Bienaventurados.
Complacer, tal sea el meollo de tu alegría – sin que siquiera lo parezca – hasta en las cosas más ordinarias.
Pídeme con frecuencia el buen humor, el brío y ¿por qué no? La alegría franca y jovial.
Mírame mirarte y sonríe intensamente.
Respecto a tu meditación, aunque pasaras la hora mirándome, sin decir nada, y sonriéndome, tú no perderías tu tiempo. Yo te quiero alegre a mi servicio: alegre cuando oras, alegre cuando trabajas, alegre cuando recibes, alegre hasta cuando sufres. Muéstrate alegre por mí; muéstrate alegre para complacerme; muéstrate alegre por comunión con mi alegría.
Bien lo sabes tú: la verdadera alegría soy yo. El verdadero Aleluya substancial en el seno del padre soy yo, y nada deseo yo tanto como el haceros compartir algo de mi inmensa alegría.
¿Por qué tantos hombres están tristes cuando yo los he creado para la alegría? Los unos están agobiados por las preocupaciones de la vida material Otros están dominados por el orgullo mal reprimido, la ambición decepcionada y decepcionante, la envidia amarga y amargante, la búsqueda inquieta de los bienes materiales que nunca lograrán hartar su alma. Otros son víctimas de sus fiebres sensuales que impermeabilizan su corazón al deleite de las cosas espirituales. Otros, por fin, no habiendo podido comprender la pedagogía de amor que encierra todo sufrimiento, se revelan contra él, rompiéndose la cabeza contra la pared en lugar de colocarla sobre mi pecho, donde yo podría consolarles, reconfortarles y enseñarles a valorar su cruz de tal manera que ésta les sostenga en lugar de aplastarles.
Pide que mi alegría se incremente en el corazón de los hombres, empezando por el de los sacerdotes y religiosas. A ellos les corresponde ser por excelencia los depositarios de a mi alegría y convertirse en canales providenciales de la misma para cuantos se les acerquen.
¡Si supiesen el mal que hacen y que se hacen por no abrirse ampliamente al cántico interior de mi alegría divina y por no armonizarse con el ritmo de esta misma alegría en ellos!
Nunca se les repetirá bastante que nada de lo que les torna amargos y tristes viene de mí, y que toda alegría, incluso la alegría en la fe y la alegría por la cruz, es el camino real para llegar hasta mí y para permitirme crecer en ellos.
La alegría, para subsistir y desarrollarse, necesita ser rejuvenecida sin cesar por el contacto íntimo con la contemplación viva, por la práctica generosa y frecuente de pequeños sacrificios, por la aceptación amorosa de las humillaciones providenciales.
El Padre es Alegría. Tú Señor es alegría. Nuestro Espíritu es Alegría. Introducirse en nuestra vida es entrar en nuestra Alegría.
Ofréceme todas las alegrías de la tierra, alegrías físicas del juego o del deporte, alegría intelectual del investigador que descubre, alegrías del espíritu, alegrías del corazón, alegrías del alma sobre todo.
Adora la Alegría Infinita que yo soy para vosotros en la Hostia del Sagrario.
Aliméntate de mí y cuando tengas el corazón totalmente henchidos de mi alegría, emite rayos y ondas de alegría en favor de todos los que están tristes, desamparados, melancólicos, cansados, agotados, agobiados. Así ayudarás a muchos de tus hermanos.

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